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Desayunar tranquilamente y con tiempo es algo que se agradece cuando los últimos días han consistido en salir corriendo con las galletas en la boca. Capuccino con toque de caramelo, bien calentito y acompañando unos barquillos rellenos de chocolate.
Nada mas entrar, la tutora pide las libretas, pues ayer se las llevaron para que se las firmaran en casa. Un alumno ha traído un árbol de Navidad y algunos adornos, mientras que otro ha traído uno de esos cables repletos de pequeñas bombillas que se encienden y apagan, mezclando colores amarillo-rojo, y azul-verde. Lo ponemos al fondo de la clase para que no distraiga demasiado.
Sacamos el cuadernillo de Lengua y hacemos una lectura, todos juntos, sobre un mono que se comportaba como un niño. Tras unas preguntas de comprensión, pasamos a realizar algunos ejercicios. Mientras, recojo los dibujos navideños que hicieron para poner en el panel del pasillo.
Mª Carmen me cuenta su experiencia con las oposiciones. Las aprobó en 1979, y había tres exámenes. El primero era de conocimientos generales, donde se hacía una criba considerable, mientras que el segundo era el de la especialidad, y el tercero consistía en hacer la programación de una clase. Estudió durante un año y aprobó a la primera. Me recomienda que las haga y no desista en caso de que suspenda. Me pone el ejemplo de la amiga con la que estudiaba las oposiciones, las cuales aprobó al tercer o cuarto intento, o uno de los profesores del centro, que a sus cuarenta y dos años sigue siendo interino.
Llega la hora de Inglés y Juan José me pregunta por un muchacho que conozco, que si iba a mi clase.
-Si, me acuerdo de él, pero no iba conmigo, era del otro curso.
Por lo visto estaba en un supermercado, y al preguntarle a uno de los reponedores por alguna cosa, éste le dijo:
-¡Juan José! ¿No se acuerda de mí?
Le sonaba su cara. Lo veo normal, pues debe ser imposible acordarte de tantos nombres y gente, cuando conoces tantos nuevos cada año. Y además teniendo en cuenta el paso del tiempo y el cambio físico de los chavales.
Juan José nos enseña a dibujar un árbol de Navidad ayudándonos de la cuadrícula de la libreta. Después lo adornan con bolas, campanitas, estrellas, velas, etc. Después pasamos a un ejercicio. Escribe palabras desordenadas en la pizarra, para que los alumnos ordenen la frase (¡¡Ha corregido el "plaese"!!)
Termina la clase y vuelve la tutora. Corrige los cuadernillos de Lengua, y mientras doy vueltas por la clase
para ayudarles con los ejercicios que tenían pendientes. Cuando hago esto, suelen llamarme para que les eche una mano, aunque sea con cosas que ya saben. Si estás ahí encima de ellos, parece que le echan más ganas. Levantan, la mano, hay quien va a buscarme personalmente aunque esté atendiendo a otro compañero, o simplemente me llaman por mi nombre:
-¡Juan!
Y Mª Carmen se da cuenta:
-¿Qué es eso de Juan? Tenéis que llamarle DON Juan, ¿o acaso vosotros a la señorita Ana le decís Ana? Le decís Doña Ana, ¿verdad? al igual que a todos los demás ¡¡eso es una falta de respeto!!
-¡¡No Mª Carmen!! Si yo el primer día les dije que me llamaran Juan, ni siquiera "profesor", que para algo me puso mi madre un nombre. ¡¡Yo todavía soy muy joven para que me llamen Don!!
Y que no, que no, y que no: Don Juan o profe. Así que la clase continuó con normalidad, hasta que pasaron unos cinco minutos y me llama un alumno:
-¡¡Don Juan!!
-¡¡Que no me llaméis Don Juan, que todavía no estoy casado!!
-Bueno vale, pues no le digáis Don Juan, que no le gusta.
Dos alumnos terminan los ejercicios y salgo con ellos al pasillo para poner los otros dibujos en el panel. Poco antes de terminar, llega un profesor con una flor naranja de plástico, y se la da a uno de mis alumnos:
-Toma, dásela a la Señorita Mª Carmen de parte de su amigo invisible, pero si te pregunta que quién era, ¡¡no le digas que soy yo!!
Cuando entramos en clase, aprovecho para ayudar a mi coleguita rumano a diferenciar el verbo en la oración, para luego dividirla en sujeto y predicado. Se le da fatal.
Hoy está lloviendo, así que el Jefe de Estudios se pasa por cada clase, anunciando que los alumnos no deben salir al patio, sino quedarse en clase. Mª Carmen se va a la Sala de Profesores, con la tranquilidad de que me quedo al cargo. Algunos sacan viejos juegos de mesa, mientras que otros prefieren venir a corregir sus actividades. Me siento en la mesa del profesor, y en seguida la rodean, todos con la libreta en la mano:
-¡¡Profe, profe, corrige!!
-¡Bueno! ¿te quieres esperar? ¿no ves que estoy corrigiendo la de un compañero? A ver, traed, que vamos a corregir las libretas entre todos, ¿vale?
Y una vez que corriges una, y las de los demás están igual, ya puedes sacar el rotulador rojo para ir poniendo una hermosa B de bien en cada página. Bueno, eso cuando no se han equivocado en alguna cosa...
El lunes 8 no hay clase, pues es el día de la Inmaculada Concepción, y como en el centro hay varias (Conchi para los amigos) pensaban traer dulces y pasteles. Mª Carmen me dijo que me pasara por la Sala de Profesores a coger uno, acepté encantado pues con tanto salir a socializarme con los niños al recreo, he dejado al profesorado casi que en un segundo plano, y no me gustaría que pensaran que soy tímido, que me da vergüenza estar con ellos, o incluso ser un maleducado. El caso es que al final no pude ir, pues estuve con mis alumnos en clase, pero no me quedé sin mis dulces, pues Mª Carmen me trajo unos cuantos en un plato. Cuando el recreo llegó a su fin, tenían Educación Física. Quien terminase los ejercicios podía irse. A un chico le faltaba poco, así que le dije que antes de irse al gimnasio, me recogiera en la Sala de Profesores. Corrí por estar un rato con la gente, pero ya se habían ido. Mientras terminaba los pastelillos de mi plato, llegaron tres profesoras, de las que conocía a dos. La otra resultó ser de Infantil. Le comentaron que soy alumno de prácticas, y que yo estuve ahí de pequeño.
-¿Ah, si?
-Si, estuve toda la Primaria, y ahora como estoy estudiando Magisterio de Lenguas Extranjeras, cuando tuve que decidir un colegio en el que hacer mis prácticas, no tardé ni un segundo en saber que quería volver a recorrer estos mismos pasillos, pero desde otro punto de vista.
Charlamos un rato y viene el chico al que le faltaba poco para terminar los ejercicios. Es bajito, delgado, con los ojos tirando a grandes y oscuros, con la piel clara y el pelo casi negro. Parece muy frágil, se le ve "poquita cosa", y aunque es de ese tipo de alumnos que hacen bien sus tareas, habla bajito y participa mas bien poco en clase. Cuando nos disponemos a irnos, una de las profesores pregunta:
-¿Has probado la tarta que he hecho?
A la primera no hice caso, pero luego resultó ser a mí.
-Pues no la verdad...
Era una tarta de turrón, blandita y muy dulce. Como no me apetecía perder mucho tiempo, y además teniendo a un alumno esperando, le dí una cucharilla de plástico y entre los dos nos comimos el trocito que quedaba en el plato.
-¡Muchas gracias, está genial! (Y era cierto)
Bajamos al gimnasio y ya había otros compañeros ahí. Hacemos estiramientos y después jugamos a "los cocodrilos". Todos los alumnos se ponen en un lado de la clase, y en ella hay repartidos tres neumáticos que hacen de islas, y un par de niños que hacen de cocodrilos. Los demás tienen que ir de un lado a otro de la clase y subirse a unos bancos. Pueden resguardarse en las islas con tal de que los cocodrilos no les cojan. Tan solo con tocarles ya se convierten en cocodrilos, y al final, acabamos con el suelo infestado de niños arrastrando su barriga y haciendo ¡¡GRAWWWRRR!!
El siguiente juego son las cuatro esquinas. En cada una, se coloca un alumno, y todos los demás se mueven por el medio. Los de las esquinas tienen una pelota muy grande que lanzan, y a quienes les den, está eliminado. Recuerdo que ese juego me encantaba, pues se formaba un caos enorme. Incluso gritábamos, sobre todo cuando en el juego había dos de estas pelotas. Y en los minutos finales jugamos a algo llamado "gatito bonito", o algo así. Nos sentamos en círculo, y uno se la pica. Es el gato, y tiene que andar a cuatro patas, mirar a un compañero y decirle:
-¡¡MIAU!!
Entonces ese compañero le acaricia mientras dice:
-¡¡Ay mi gatito bonito, que lindo, que suave!! (etc.)
Si se ríe, se la pica. O si alguien se queda bloqueado y no acaricia al gato, también se la pica directamente.
Antes de irnos, por hacer un poco el payaso, me pongo la chaqueta del chándal de un alumno. Imaginad como me quedaba. Con la manga casi por el codo. Para rematar la gracia, le puse a él mi camisa a cuadros, que le llegaba casi por las rodillas y le sobraba manga para dar y tomar. Vamos por los pasillos saludando a profesores, e incluso la señora encargada del comedor. Así llegamos a clase:
-Mira Mª Carmen, nuestro amigo va para profesor. Bueno, y esta chaqueta me sienta genial, me hace más joven, ¿ves?
En la última media hora que queda, hacen ejercicios de Matemáticas con los Linex, mientras que yo echo un vistazo a los libros que me llevaré este puente, para la semana que viene explicar ya algunas cosas. Pasa por allí un profesor:
-¿Cómo lo llevamos?
-Pues mire, repasando las fracciones, que se las voy a explicar la semana que viene.
Frase del día:
-¡Adiós Señor Calabaza!
-¡Adiós Señorita Calabacín!
Al terminar la jornada, una alumna despidiéndose de mí.
Fin de la tercera semana.
¿No echáis algo de menos?
¡¡Exacto!! Que no saliera al recreo, no significa que no me cruzara a la salida con nuestra amiga de las meriendas. Hoy ha traído un bocadillo de mantequilla y un zumo de piña.
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1 comentario:
...te esta quedando un blog muy entrañable...
:)
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